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Contextualización

Iniciativas de transición

En el marco de la Educación para la Transformación Ecosocial hay diferentes dimensiones de cambio, desde la personal (valores, las creencias, las actitudes, comportamientos), la colectiva (patrones de pensamiento y comportamiento) y la de las estructuras e instituciones. Estos cambios, tanto los individuales como los colectivos, no ocurren de forma inmediata, sino que pasan por una secuencia de fases (que no siempre tienen lugar ni tampoco tienen la misma relevancia). Según Jiménez & Rosado (2018) estas fases van desde la toma de conciencia para activar el proceso de cambio, pasando por la fase de negación o resistencia y la de confusión y motivación, para finalmente llegar la fase de renovación, que es cuando se conoce la realidad a cambiar, las alternativas y las herramientas necesarias para transformarla y se decide actuar.

Es cierto, la crisis sistémica requiere cambios radicales en el sistema socioeconómico y en políticas públicas, cambios que deben darse a otras escalas, desde las instituciones políticas e instancias que supuestamente nos gobiernan. Transformaciones que, al parecer, no dependen de las personas comunes. Y todo esto nos puede generar angustia y parálisis.

Sin embargo, no podemos dejar todas nuestras vidas y de las generaciones venideras en las manos del sistema capitalista y de las personas que se benefician del mismo. Lo que pasa a pie de calle, día tras día, importa mucho y también depende de nosotras.

Por suerte, parece ser que la sociedad, cuando organizada colectivamente, tiene una alta capacidad de resiliencia. Es decir, es capaz de adaptarse positivamente ante situaciones adversas y no previstas. En este sentido, muchísimas personas ya han dado el paso hacia adelante, caminando hacia un nuevo modelo de desarrollo, decrecentista y según la filosofía del buen vivir, empezando la transición ecosocial de la cual venimos hablando hasta aquí.

Hoy en día hay una gran cantidad de experiencias vinculadas a redes de economía solidaria y crédito social, reducción de huelga ecológica, soberanía alimentaria y energética, comercio justo, movilidad respetuosa, etc. Una diversidad de proyectos socioambientales encaminados a repensar nuestro papel y nuestra responsabilidad en la construcción de una sociedad más justa y solidaria. Son iniciativas, formales e informales, autoorganizadas, autogestionadas, bajo distintos formatos (asociaciones, colectivos sociales, empresas, cooperativas, asambleas, plataformas, redes) que buscan de cierta forma dar respuesta a las necesidades humanas, movilizando la ciudadanía, utilizando sus conocimientos, saberes y competencias para dar soluciones innovadoras y creativas a los problemas a los que se enfrentan.

Sin la pretensión de establecer una hoja de ruta para la transición, a seguir vamos a exponer algunos cambios personales y colectivos que creemos necesarios para avanzar hacia ella.

Utilizar la Economia Social y Solidária

La Economía Social y Solidaria es una forma de producción, consumo y distribución de riqueza centrada en la valorización del ser humano y no en la priorización del capital. Promueve la asociatividad, la cooperación y la autogestión, y está orientada a la producción, al consumo, y a la comercialización de bienes y servicios, de un modo principalmente autogestionado, abarcando la integralidad de las personas y subordinando la economía a su verdadera finalidad: proveer de manera sostenible las bases materiales para el desarrollo personal, social y ambiental de todas las personas.

En lugar de identificarse según los beneficios materiales de una empresa o negocio, la economía solidaria se centra en las personas y es definida en función de la calidad de vida y el bienestar de los miembros de una determinada iniciativa social y de toda la sociedad como un sistema global.

En este sentido, pretende incorporar a la gestión de la actividad económica los valores universales que deben regir la sociedad y las relaciones entre toda la ciudadanía: equidad, justicia, fraternidad económica, solidaridad social y democracia directa. Y, en tanto que una nueva forma de producir, de consumir y de distribuir, se propone como una alternativa viable y sostenible para la satisfacción de las necesidades individuales y globales, aspirando a consolidarse como un instrumento de transformación social.

Se basa en los siguientes ejes trasversales según el Portal de la Economía Solidaria:

  • La autonomía como principio de libertad y ejercicio de la corresponsabilidad.
  • La autogestión como metodología que respeta, implica, educa, iguala las oportunidades y posibilita el empoderamiento.
  • La cultura liberadora como base de pensamientos creativos, científicos y alternativos que nos ayuden a buscar, investigar y encontrar nuevas formas de convivir, producir, disfrutar, consumir y organizar la política y la economía al servicio de todas las personas.
  • El desarrollo de las personas en todas sus dimensiones y capacidades: físicas, psíquicas, espirituales, estéticas, artísticas, sensibles, relacionales…en armonía con la naturaleza, por encima de cualquier crecimiento desequilibrado económico, financiero, bélico, consumista, transgénico y anómalo como el que se está propugnando en nombre de un desarrollo “ficticio”.
  • La compenetración con la Naturaleza.
  • La solidaridad humana y económica como principio de nuestras relaciones locales, nacionales e internacionales.

Se mueve en base a seis principios: equidad, trabajo, sostenibilidad ambiental, cooperación, sin fines lucrativos y compromiso con el entorno.

Los emprendimientos vinculados a la economía solidaria buscan implementar soluciones colectivas de gestión, democráticas y autogestionadas y abarcan una variedad de tipologías. Muchas veces son creadas las llamadas «monedas sociales» como herramienta para facilitar la contabilización de los intercambios tanto de productos como de servicios o de conocimientos. Es una forma de organizar económicamente una comunidad, basados en la confianza y la reciprocidad, para favorecer los intercambios de bienes y servicios entre las personas, al igual que el euro. La característica que la diferencia es su ámbito local, es decir que se puede utilizar solamente en un determinado contexto y entre las personas que por su voluntad deciden utilizarla. De esta manera la riqueza se queda en la comunidad donde ha sido creada.

Buscar la soberania alimentária

La crisis sistémica reclama la transición a un mundo post carbono donde se minimice los requerimientos de energía y materiales para la atención de las necesidades humanas, entre ellas la alimentación. En este sentido y como respuesta al sistema agroalimentario globalizado y sus impactos socioambientales y económicos, poco a poco se están consolidando procesos colectivos de resistencia hacia la «soberanía alimentaria» de los pueblos. Esto implica cambios tanto en las formas de cultivar y producir alimentos como en las pautas de consumo alimentario. Son iniciativas que articulan desde campesinos y campesinas, pequeños y medianos productores, personas sin tierra, indígenas, migrantes y trabajadores agrícolas, pero también a movimientos sociales, personas a nivel individual, organizaciones no gubernamentales y otras instituciones.

El principio de la soberanía alimentaria reside en la redefinición de las relaciones en el sistema agroalimentario, donde el poder pasa a las manos de las personas, tanto de aquellas que producen como las que consumen, que deciden qué cultivar, qué comer, dónde comprar, asegurando el acceso a recursos productivos como la tierra, el agua, las semillas, la biodiversidad, etc., principalmente por parte de las mujeres. Es decir, es el derecho que deben tener los pueblos de definir sus propias políticas y estrategias de producción, distribución y consumo de alimentos, para que sean más equitativas y garanticen el derecho a la alimentación. La ciudadanía tiene el derecho al acceso a alimentos sanos, nutritivos y culturalmente apropiados y que respeten la diversidad local.

La soberanía alimentaria incluye la producción de alimentos mediante sistemas agroecológicos, sostenibles y locales, que respeten las capacidades de carga, los tiempos necesarios y los lazos afectivos con la tierra. La agricultura campesina y familiar es la protagonista, pues incrementa la diversidad, recuperando, validando y divulgando modelos tradicionales de producción agropecuaria de forma sostenible ambiental, social y culturalmente.

Asimismo, la soberanía alimentaria también dice respeto a los sistemas de transformación y comercialización alimentaria, defendiendo el derecho a establecer canales (cortos) alternativos como mercados locales, venta directa o con un mínimo de intermediación, que reduzcan los beneficios de las empresas multinacionales y aumenten los del campesinado.

Por fin, incluye el derecho de la ciudadanía, especialmente el campesinado, a participar e incidir en las políticas públicas locales, luchando por un sistema que reconoce la alimentación como algo fundamental para el sostenimiento de la vida y que, por lo tanto, debe estar en el centro de la economía y de la organización de la sociedad. Las mujeres son la mitad de la mano de obra en el campo a escala mundial, por lo tanto, la soberanía alimentaria implica romper no sólo con un modelo agrícola capitalista sino también con un sistema patriarcal que oprime y supedita a las mujeres.

Estrechar las relaciones entre producción y consumo alimentario

Lo que llamamos de «canal corto de comercialización» significa la redefinición de las relaciones de poder dentro del sistema agroalimentario, a favor simultáneamente de todos los agentes implicados, desde el cultivo (agricultores/as, ganaderos/as, pequeños elaboradores ligados a la tierra), transformación distribución y consumo alimentario y consumidores/as”. Su construcción constituye una forma de establecer vínculos simbólicos y económicos con la cultura y el territorio rural. El establecimiento de relaciones directas con el entorno agrario permite a las personas urbanitas redefinir su alimentación y las relaciones en torno a ella, así como participar en la construcción de sistemas agroalimentarios alternativos que satisfagan de forma más amplia y eficiente sus necesidades materiales (subsistencia), expresivas (libertades y creatividad) y afectivas (identidades y lazos emocionales).

Por otro lado, estas nuevas relaciones pueden contribuir a la transición de la agricultura hacia el cultivo ecológico, a la puesta en uso de tierras fértiles no cultivadas, así como a la creación de redes que proporcionen remuneraciones más justas a las personas agricultoras y disminuyan las distancias (física, social, cultural) entre producción y consumo.

Las respuestas desde el consumo pueden ser individuales o colectivas. Aunque las motivaciones para el acercamiento de las personas consumidoras a la producción de alimentos sean diversas, pasan obligatoriamente por modificaciones en antiguos hábitos y pautas de consumo y su adaptación a las reales necesidades y satisfactores, planteando una revalorización de los atributos de calidad y seguridad asociados a la salud, lo natural, local, artesanal y ecológico.

Invertir en bancas y finanzas éticas

La banca ética es también conocida como banca social o banca alternativa surge de un movimiento crítico que exige aplicar la ética en los negocios, buscando una alternativa para gestionar los recursos económicos que satisfaga las necesidades humanas. Son entidades financieras cuyos productos no están condicionados a la lógica del crecimiento económico exclusivamente, con el criterio del máximo beneficio y la especulación, sino que invierten en economía real para promover proyectos sociales, apoyar cooperativas o asociaciones basadas en una economía solidaria y comprometida con un nuevo modelo alimentario, energético y social.

Avanzar hasta un nuevo modelo energético

La energía es un bien común, básico y esencial para cualquier actividad humana y para una vida digna. Sin embargo, nuestra forma de consumir energía genera enormes impactos sociambientales. Es imprescindible impulsar un cambio en el modelo energético actual que se base en 4 pilares:

  • Ahorro: disminuir el consumo innecesario y el despilfarro de energía. 
  • Renovables: apostar por las tecnologías renovables que utilicen materias primas energéticas autóctonas, que se regeneren y que no emitan (o lo hacen de forma mínima o neutral) contaminantes a la atmósfera. El cambio de las energías sucias y peligrosas debe ser realizado de forma planificada (de acuerdo con criterios ambientales, económicos y sociales), paulatino y creciente para intensificar la inversión en nuevas plantas de generación limpia cuando los costes sean menores, al tiempo que se desmantelan de forma ordenada las centrales convencionales.
  • Eficiencia: Como complemento necesario al ahorro y a la difusión de las renovables es necesario transitar hacia un modelo en el que se aproveche al máximo la energía imprescindible. Incluye un reajuste en los hábitos de consumo, nuevas tecnologías y también la definición de estructuras dinámicas de precios y sistemas de acumulación para gestionar los picos de demanda.
  • Soberanía: Favorecer la soberanía a través del consumo (mediante paneles solares fotovoltaicos y térmicos, calderas de biomasa, sistemas geotérmicos, turbinas minieólicas, etc.), pero también la preferencia por plantas renovables de tamaño medio vinculadas al consumo local. Significa igualmente educación e información, así como capacidad democrática de decisión sobre el modelo energético a escoger en el ámbito local/comarcal, devolviendo a la ciudadanía el control sobre su energía, contrario al modelo actual centralizado y oligopolístico. 

Muchas personas vienen cambiando sus hábitos de vida y consumo energético. Desde hace unos años crecen distintas iniciativas ciudadanas que buscan cambiar el modelo energético, defendiendo la energía como un bien común. 

Utilizar menos el coche

El transporte urbano representa cerca del 40% del consumo energético del sector del transporte nacional, siendo el vehículo privado el protagonista de los desplazamientos diarios en las ciudades. Además del consumo energético y el potencial de calentamiento global que supone, este modelo de transporte también genera problemas de contaminación atmosférica, sonora y paisajística y contribuye a un modelo urbanístico disperso, expansivo e ineficiente. Las grandes infraestructuras construidas para darle soporte terminan por quitar un valioso espacio de disfrute de la ciudadanía, suponiendo, además, un peligro eminente para nuestra salud.

Las políticas públicas deberían avanzar hacia un Plan de Movilidad que, entre otras cosas, planteara un límite a la circulación y el aparcamiento de vehículos, planes de transporte para empresas, mejora del transporte público, reducción de los límites de velocidad. Mientras no se progresa en el sentido de atender a las verdaderas necesidades de la población con criterios de bajo impacto, eficacia económica y utilidad social, la ciudadanía viene dando un paso adelante. Muchas iniciativas ciudadanas, empresariales y administrativas están promoviendo un nuevo modelo de transporte urbano, que pretende cambiar valores y crear una nueva realidad en los entornos urbanos, avanzando hacia un modelo de movilidad más limpio, eficiente e inclusivo, disminuyendo los viajes en vehículos privados y desocupando las calles del transporte motorizado.

Una movilidad menos insostenible significa una movilidad respetuosa, que proporcione los medios para la seguridad y comodidad de las personas que se desplazan andando o en bicicleta, la utilización de medios de transporte públicos no contaminantes y que estos se pongan al alcance de toda la población con costos razonables, permitiendo el acceso a las diferentes zonas de una ciudad.

Participar de movimientos sociales

La participación es una necesidad humana de subsistencia. Participar permite a una persona o colectivo a ser el protagonista de sus necesidades y decisiones de cómo satisfacerlas, es decir, a ser sujetos de su propio desarrollo y de su entorno.

Para que la necesidad/derecho de participar pueda ser alcanzada y a la vez contribuir para la satisfacción de otras necesidades, hace falta que exista espacios que permitan esta participación. Esto significa la superación del aislamiento individual, dando lugar a que una persona pueda constituirse como un agente colectivo, que busca promover un cambio social favorable al interese de sus compañeras, o imponerse a los cambios que les afecta.

Los movimientos sociales (o los cultivos sociales de los cuáles hablábamos antes) son el soporte para las personas que buscan, más que sumar acciones individuales inconexas, generar un proceso de interacción colectivo continuo y gradual, con reivindicaciones colectivas y logros compartidos.

En este sentido, los movimientos sociales están compuestos por una sociedad organizada alrededor de una identidad colectiva, un sentimiento y objetivo común y que luchan por un cambio social. Hombres y mujeres preocupados por cuestiones públicas y políticas, ciudadanos y ciudadanas comprometidos con proyectos colectivos. Es decir, aquellos bienes que pertenecen a todos (entre ellos el aire, la tierra, el agua, pero también las creaciones sociales como bibliotecas e investigaciones científicas) y que en conjunto forman una serie de recursos que deben ser protegidos y gestionados no por su valor económico, sino por su verdadera importancia para la sostenibilidad de la vida.

Los movimientos sociales o plataformas ciudadanas asumen un compromiso de resistencia comunal frente a la globalización, el capitalismo, el patriarcado, el poder vertical, el urbanismo masificado, etc., buscando cambiar antiguos códigos y paradigmas y movilizar símbolos para generar nuevos valores, más éticos, igualitarios, solidarios, comunales. A diferencia de otros conjuntos de interacciones sociales, su pretensión es de explorar y proponer otros mundos posibles.

Cambiar hábitos de consumo

Nuestra sociedad del consumo, bombardeada diariamente por la publicidad, se caracteriza por el «consumir por consumir» y el «usar y tirar», creándonos falsas necesidades. Cuanto más consumimos, más riqueza producimos, las empresas enriquecen, se produce más empleos, tenemos más dinero para adquirir bienes que vuelven a producir más riqueza… Un sistema que, como hemos visto hasta aquí, es la causa de nuestra crisis sistémica y nos está llevando al colapso de nuestra civilización.

Sin embargo, no hay arma más potente que nuestro carrito de la compra para cambiar este modelo de desarrollo. Muchas personas no tienen conciencia, pero tenemos el poder de influir en la marcha de la economía y del mundo de forma directa a través de nuestro consumo. El decrecimiento aboga que debemos vivir mejor con menos.  Pues cuando consumimos de forma responsable y según nuestras verdaderas necesidades estamos contribuyendo a la transición.

Lo que se conoce como Comercio Justo (o Responsable) es un movimiento social que, a través de una práctica comercial, una labor de sensibilización y un trabajo de movilización, aspira a cambiar los actuales modelos de relaciones económicas y participar en la construcción de alternativas.

En este sentido, consumir de forma responsable implica un consumo ético, basado en nuestros valores. Se trata, además de consumir menos, elegir los productos no solamente en base a su calidad y precio, sino considerando también su mochila ecológica, es decir, los impactos ambientales y sociales de toda la cadena (desde su producción, distribución, comercialización y también del camino que seguirá una vez haya pasado por nuestras manos).

La mayor parte de nuestras necesidades humanas no son bienes de consumo, con lo cual vivir y trabajar para comprar más cosas y así ser más feliz es una incoherencia. Ecologistas en Acción, a través de la campaña ¿Consumimos felicidad? (2018), ha elaborado su propia lista de recetas para la felicidad:

  • Entender y priorizar las verdaderas necesidades humanas.
  • Promoviendo una cultura de colaboración con las personas en armonía con la naturaleza.
  • Desmitificar las falsas necesidades y evitar la mercantilización de lo que realmente vale la pena.
  • Participar en proyectos colectivos de consumo, que aporten valores de equidad y sostenibilidad ambiental.
  • Establecer relaciones duraderas y plenas en comunidad. Invertir nuestro tiempo libre en actividades que fortalezcan los proyectos comunitarios, como los huertos urbanos, asociaciones de barrio, centros sociales o bancos de tiempo. – Dedicar tiempo a los cuidados, especialmente hacia aquellas personas más vulnerables, fomentando relaciones desde la equidad de género, la horizontalidad y el respeto.
  • Cultivar satisfacciones a medio y largo plazo como la amistad, una afición, el aprendizaje de una habilidad. – Potenciar nuestra ecodependencia, construyendo modos de vida sostenibles y en disfrute con la naturaleza.

Cambiar nuestros hábitos de consumo no es tan complicado y es una importante herramienta para el mantenimiento de la sostenibilidad de la vida, en su dimensión ambiental y de cuidados, y para alcanzar la justicia social, con sus aspectos de equidad, solidaridad, democratización y redistribución.