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Cuaderno de Crisis

Crisis Social

Gestionar la interdependencia humana desde la horizontalidad: una propuesta feminista y anticapitalista

Se dice desde la Economía Feminista (EF) que la vida es posible pero no es segura, no es cierta. La vida solo es, si se cuida. No nacemos preparadas y funcionales para ir al mercado laboral, para estudiar, para hacer política. La vida es vulnerable y precaria. La única forma de hacerse carga de esta vulnerabilidad es reconociendo la interdependencia. Dando y recibiendo.

Cualquier idea que se nos haya vendido sobre la autosuficiencia humana a través de la inserción laboral y el consumo individual en el mercado, es un espejismo generado por la lógica capitalista. Lo es para todo el mundo, pero es especialmente así de cierto en el caso del histórico homo economicus, ese sujeto varón, blanco y burgués al que se le ha asignado históricamente el atributo de la autosuficiencia.

Ninguna persona nace sana, adulta, preparada y plenamente disponible para ser mano de obra “funcional” dentro del contexto socioeconómico, por mucho que esto no nos lo cuenten en los libros clásicos que enseñan economía. Alguien la cuidó cuando era pequeña, alguien le preparó la comida que se comía mientras crecía (y alguien todavía más invisible, la cultivó primero), alguien la cuida cuando está enferma, cuando está triste o cuando se hace mayor, alguien la sostiene para que realice con éxito sus emprendimientos educativos y para que inserte en el mercado. Por la histórica división sexual del trabajo, por la que se han diferenciado los trabajos, tareas y funciones que realizaban hombres y mujeres, esos sujetos cuidadores por excelencia han sido las mujeres, a las que se les ha llamado de manera genérica “amas de casa”. Los hombres, se han dedicado en exclusividad y sin cortapisas al desarrollo de su faceta pública y laboral, convirtiéndose en los llamados “ganadores de pan”, porque eran los que ganaban mayoritariamente el salario o la parte monetaria con la que se cubrían algunas de las necesidades materiales de las unidades familiares.

Esto ha traído una serie de consecuencias como indica el hecho de que las mujeres, a pesar de estar a día de hoy masivamente incorporadas al empleo, sufran enormes discriminaciones de acceso y ascenso, ya que en el ideario colectivo, el mundo mercantil y productivo sigue considerándose un espacio de hombres, de dominio masculino cuanto menos. Y por otra parte, ha hecho que los hombres se hayan desprendido de la responsabilidad (y la alegría) del cuidado de la vida, llegando a invisibilizar, minimizar y despreciar todos los trabajos que tienen que ver con atender los cuerpos , las emociones y las necesidades de las otras personas, las suyas propias y las de su entorno.

Claramente, la apariencia de autosuficiencia del llamado “ganador de pan”, sobrevive a base de ocultar una cantidad ingente de trabajo de cuidados que ha ido recibiendo a lo largo de toda su vida. Pongamos ejemplos que puedan ayudarnos a visualizar algunos de estos trabajos: acarrear agua para beber, encargarse de la agricultura familiar y del ganado en muchas sociedades, limpiar, ordenar y gestionar los hogares; cocinar, cultivar o comprar la diversidad de alimentos que hacen falta para llevar una dieta equilibrada; lavar , coser y planchar la ropa para toda la familia;  cuidar de manera intensiva a los bebés, hacer los deberes o jugar con la infancia, acompañar a las personas mayores en su soledad, en su enfermedad o en su dependencia física; hacer gestiones médicas, educativas o bancarias, atender las necesidades emocionales de la familia y la comunidad, resolver los conflictos al interior de las mismas, etc. La lista es interminable y la cantidad de horas que se necesitan para que estas tareas invisibilizadas generen bienestar y condiciones de vida relativamente dignas en la comunidad, es altísima, porque además son trabajos cíclicos, que empiezan de nuevo cuando empieza un nuevo día. 

Este bienestar, lo generan mayoritariamente las mujeres, con jornadas de trabajo mucho más extenuantes y largas en muchos casos que la de los hombres.  Por eso se dice que la autosuficiencia humana y la masculina especialmente es un mito que sobrevive en nuestra sociedad a base de sobrevalorar el aporte económico que ha llegado a los hogares desde la esfera mercantilizada y de infravalorar otras formas no mercantilizadas de satisfacer las necesidades materiales y emocionales; a base de tapar lo que las mujeres y otros sectores de la población históricamente subyugados (campesinado, poblaciones originarias, personas migrantes, etc.) aportan a esos sujetos “económicos”.

La EF cuestiona esta noción de autosuficiencia que permea todas las estructuras socioeconómicas. De hecho, cuestiona la propia noción hegemónica de economía y de trabajo. Desde este enfoque crítico, la economía se entendería en un sentido más amplio, como el conjunto de actividades y procesos que satisfacen necesidades materiales y emocionales de la gente, que permiten acceder a una vida digna. Esto que parece algo baladí, es profundamente transformador, ya hay una ruptura con el imaginario capitalista que centra la atención exclusivamente en los flujos monetarios, el empleo formal remunerado y la esfera “productiva”. Además, desenmascara la alianza oculta entre la lógica de acumulación y el heteropatriarcado, que es el que garantiza (entre otras cosas mediante los ideales del amor romántico y la familia nuclear heterosexual) la existencia de sujetos y esferas feminizadas subyugadas a las esferas masculinizadas de los mercados capitalistas.

Este esquema ha funcionado durante siglos para hablar de la independencia de los hombres y la dependencia (inactividad) de las mujeres, pero también para hablar de países “desarrollados” y países “subdesarrollados”. Históricamente se ha sostenido que los países que exportan materias primas y compran productos manufacturados, que son fundamentalmente los países empobrecidos del Sur global, dependen de aquellos países del Norte que se los venden. Sin embargo, dice la EF, que todas somos interdependientes y ecodependientes a nivel global.

Si a día de hoy funcionan las ideas de autosuficiencia de personas y territorios frente a la dependencia de otras personas y territorios, es porque existe un esquema de explotación en los términos del intercambio. Si hay sujetos que funcionan de forma individualista, competitiva y “autosuficiente” es porque existen otros sujetos que están funcionando en base a una abnegación impuesta, una ética reaccionaria del cuidado y en base al sacrificio propio. Es como si nuestro sistema reconociera los derechos humanos y los derechos ambientales de ciertos grupos de poder y ciertos territorios privilegiados (la puntita visible del iceberg) a base de negar esos derechos a sectores muy amplios de población (la base inmensa e invisible del iceberg que está debajo del agua y que lo mantiene a flote, por cierto).

¿Cómo se manifiesta esto en lo concreto? ¿Cuáles son algunas de las consecuencias visibles?: millones de niñas en todo el mundo no pueden acabar sus estudios primarios porque deben casarse forzosamente y dedicarse a cuidar a sus maridos; millones de mujeres migrantes de distintas latitudes llegan al norte global a realizar trabajos domésticos y de cuidados en condiciones de absoluta precariedad y falta de reconocimiento; millones de mujeres tienen pobreza de tiempo para participar políticamente o construir un proyecto vital propio y con sentido; numerosos países africanos a latinoamericanos  no pueden subsistir de sus propios recursos y medios porque están sujetos a reglas de comercio muy desigual que los van empobreciendo cada vez más; numerosas poblaciones campesinas e indígenas sufren violencia institucional, ambiental, etc., porque sus territorios son vendidos por sus propios Estados a empresas multinacionales mineras, farmacéuticas, etc… Aquí también la lista podría ser interminable, porque lo que está imponiendo a nivel global es una lógica que no les permite a estas personas y estos territorios pensar en sí mismas en primer lugar, sino que les exige estar al servicio de esos sujetos y territorios privilegiados. Por eso se dice que resolvemos la interdependencia (y la ecodependencia) en términos de explotación.

La pregunta sería ¿cómo podríamos gestionar la interdependencia desde la horizontalidad?  La interdependencia ya existe, no hay que construirla, lo que tenemos es que transformar la forma explotadora de resolverla. Formas hay muchas, empecemos por algunas que tienen que ver con reorganizar todos los trabajos, repartirlos equitativamente y democratizar los hogares, algo que finalmente está íntimamente relacionado con construir otra economía para la vida:

1. Sacar de los hogares gran parte de las actividades que se dan en ellos, ante todo, la responsabilidad de absorber los shocks económicos, proteger frente a los riesgos vitales y, en un sentido más amplio, ser la variable última de ajuste del sistema en tiempos de crisis. Esto debe ser tarea del conjunto social y de esto se debería hacer política.

2. Construir relaciones de horizontalidad intra-hogar e intra-comunidad; los hogares son la expresión micro de la interdependencia y en ellos ha de comenzar a organizarse de manera simétrica y respetando la autonomía de las personas. Esto exige una redistribución de tareas, recursos, poder y decisiones; y la pérdida de privilegios asociados a la masculinidad.

3. Expandir la realidad de los hogares diversos, cuestionando la familia nuclear heteropatriarcal. Esto significa construir formas de convivencia que sean libremente elegidas y que, a la par, estén comprometidas y respondan de las partes vulnerables de la vida, incluyendo las más oscuras y más feas. No se trata solo de visibilizar y dar legitimidad a otras formas de amar no heterosexuales, y reconocer derechos a las personas y familias LGTIB+, sino también de reconocer a las familias extensas, las redes de crianza compartida, las ecoaldeas y cualquier tipo de sociedad convivencial que se encargue del cuidado de la comunidad y de la familia, sin necesidad de hacerlo mediante la imposición de la unión entre hombre y mujer.

4. Reorganizar todos los trabajos (TODOS) para mantener aquellos que son socialmente necesarios y ambientalmente sostenibles (independientemente de que sean pagados o no) e ir destruyendo los trabajos alienados, los que deterioran el medio ambiente, basados en la explotación de personas y territorios. Entre ellos, podríamos nombrar los relacionados con la fabricación de armas, los de la industria y la minería contaminantes; los que suponen una explotación del cuerpo de las mujeres y de la fuerza de trabajo de la población más vulnerable (infancia, personas mirantes, etc). Estos trabajos deberían ir desapareciendo porque son destructivos en términos vitales.

Estamos ante retos muy importantes. Es obvio que necesitamos buscar un nuevo pacto social entre hombres y mujeres y un nuevo pacto natural con el planeta si deseamos acabar con la desigualdad y el deterioro ecológico. Gestionar la interdependencia y la ecodependencia de forma radicalmente democrática y horizontal, y alcanzar una buena vida para todos los seres vivos, es complejo, sobre todo porque el capitalismo heteropatriarcal está en continua reinvención. Pero no infravaloremos nuestras fuerzas ni capacidades: la revolución feminista y la ecologista son también hechos incontestables a nivel mundial y están demostrando su poder para cambiar el paso a gobiernos y mercados. ¡Sigamos tejiendo alianzas, uniendo estas reivindicaciones imprescindibles y generando formas alternativas de vida que merezcan la alegría!

¡¡ A la lucha, que somos muchas!!

Laura Pérez Prieto
Grupo de investigación Gepdo, Universidad Pablo de Olavide