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Cuaderno de Crisis

Crisis Alimentaria

Cómo salir de la crisis. Una perspectiva ecofeminista desde la agroecología y el consumo crítico

Hoy en día una de las palabras más usadas para describir el actual momento histórico es “crisis”. Se habla a menudo de “crisis económica mundial” para describir la inestabilidad global. Diariamente escuchamos noticias sobre la Bolsa, como si fuéramos todxs matemáticxs expetrxs en los algoritmos de Wall Street. Sin embargo, la crisis económica no trata solo de la economía, es una crisis multinivel, de hecho, otros términos que escuchamos constantemente son: crisis agroalimentaria, de la democracia, de producción, financiera, ecológica, humanitaria, de los cuidados, de valores, etc.

El cambio climático es la punta del iceberg de un sistema que parece tener como elemento constitutivo la “crisis”, que se presenta como una modalidad estratégica de la acumulación capitalista neoliberal. En este sentido, Ramón Grosfoguel habla de crisis civilizatoria de la civilización occidental, un sistema construido mediante una civilización formada a partir de la expansión colonial europea en 1492, poniendo la centralidad en la acumulación de capital a toda costa. Vandana Shiva describe los valores del sistema neoliberal como una «cultura de la muerte», que posee una violencia intrínseca capaz de manipular naturaleza y sociedades para producir ganancia y poder. Desde los Ecofeminismos, en general, se denuncia la dedicación necrófila del sistema neoliberal, que en menos de dos siglos ha conseguido devastar la biodiversidad de nuestro planeta y extinguir más especies animales que en toda la historia de la humanidad y a la vez un sistema patriarcal que ejerce perversas violencias contras las mujeres.

Como se ha dicho, la fractura provocada por este modelo económico no es solamente a nivel medioambiental, se refleja también en aspectos sociales y culturales. El sistema agroalimentario es claramente una expresión del modelo neoliberal y redistribuye los alimentos de manera desigual. Una de las perspectivas que se opone a esta visión inicua, es la agroecológica. La agroecología representa una forma participativa de manejo de los bienes comunes, diseñando proyectos sustentables de agroecosistemas, pero también proyectos políticos que tengan una forma capaz de transformar la realidad. En este sentido, resulta esencial la aportación ecofeminista a la agroecología. Como destaca el colectivo venezolano Ecofeminista “LaDanta LasCanta”: «la dominación de la naturaleza y la dominación de las mujeres son dos caras de una misma moneda, propia de la civilización patriarcal-capitalista». La violencia machista es intrínseca al sistema neoliberal, y por tanto elaborar proyectos alternativos tiene que incluir necesariamente la igualdad entre todos los seres, además del respeto a la naturaleza.

La última década del siglo XX ha sido testimonio de un aumento de protestas campesinas y ecologistas, con implicaciones sobre todo de mujeres. Esta lucha de las mujeres en varios territorios del mundo, se está centrando en la protección de los bienes comunes como la tierra, el agua o los saberes locales. Las resistencias de las mujeres tienen en común la defensa de la vida contra este sistema biocida, impulsando a la vez la justicia social basada en la equidad entre todos los seres humanos y los demás seres vivos.

Los diferentes Ecofeminismos visibilizan la vulnerabilidad de los cuerpos y la importancia de los cuidados no solo en la organización social, sino también en el planteamiento de modelos de producción alternativos. En efecto, la agroecología está promoviendo el modelo de la Soberanía Alimentaria, es decir el derecho de los pueblos a definir sus propios sistemas alimentarios y decidir su propia comida. Sin embargo, no es posible fomentar la soberanía alimentaria sin mujeres: como observa también Vandana Shiva en ¿Quién alimenta realmente al mundo?, son las mujeres y especialmente las mujeres del Sur, las que desempeñan un papel fundamental para el sostenimiento de los sistemas agroalimentarios locales. Son ellas las que protegen las semillas, los saberes ancestrales, que con sus cuidados permiten una sostenibilidad de la vida dentro y fuera del hogar. Son siempre ellas las que están encabezando las protestas contra las multinacionales en muchos lugares del planeta, para defender los bienes comunes. Es en este sentido que hablo de Ecofeminismos en plural, para describir las diferentes luchas de las mujeres que defienden la vida, si bien en muchos casos sin definirse con esta etiqueta, pero sí liderando las protestas contra las corporaciones en los territorios de mayor conflicto.

Desde los Ecofeminismos se están fomentando prácticas de resistencias que representan retos sociales de cambio mirando a las especificidades de los territorios, tanto a nivel urbano como rural. Sin embargo, mientras en el ámbito urbano se reivindica una “reconexión con la tierra”, hay que reconocer que en las zonas metropolitanas la recuperación de una memoria biocultural es muy difícil, debido al hecho de que el “estilo urbano”, fruto del sistema neoliberal, ha conseguido borrar tal memoria. Quienes tienen una conciencia real del territorio en un sentido más profundo son las mujeres del Sur, que vienen de realidades donde las cosmovisiones locales todavía son vivas. Así, los Ecofeminismos rurales del Sur están inspirando muchas acciones y construyendo puentes, no obstante la estigmatización de lo rural. En efecto, a pesar de que el ámbito rural se considere como un lugar retrógrado, es realmente el sitio donde se está mostrando más vanguardismo gracias a su proceso en la concienciación social y política. Es a las mujeres rurales del Sur a las que se deben algunas prácticas de recuperación que están inspirando muchos Ecofeminismos, como por ejemplo la recuperación de:

  • Recetas tradicionales con alimentos de temporada, que además de sugerirnos consumir productos estacionales, conllevan aspectos culturales de unión: la comida no alimenta sólo a los cuerpos, sino emocionalmente a las relaciones.
  • Remedios con plantas (dolor de tripa, de cabeza, garganta, etc.). El uso de plantas con fin medicinal era una práctica común en el pasado.
  • Trueque. Con la crisis económica se verifican situaciones en las que no es posible comprar lo necesario. El trueque soluciona la falta de efectivo para intercambiar productos o bienes inmateriales de interés colectivo, como por ejemplo clases extraescolares o reparaciones.

Estos son sólo algunos de los ejemplos que son parte de lo que se puede definir como “cultura del ahorro”, que muchas de nuestras abuelas nos enseñaron desde pequeñas cuando nos repetían que teníamos que apagar la luz cuando salíamos de la habitación, cerrar el grifo lavando los dientes, pasarse la ropa entre hermanxs, o reusar las bolsitas de papel en lugar de tirarlas. Los que algunxs llaman “Eco-retos” en realidad son prácticas que las mujeres rurales han venido haciendo desde siempre y que debemos recuperar. Vamos a señalar algunos:

  • Bañarse en menos de 10 minutos para consumir menos agua;
  • Usar bolsas de tela en lugar del plástico.
  • Usar termos para agua o bebidas, en lugar de comprar botellas de plástico;
  • Separar la basura;
  • Apagar los aparatos eléctricos que no se usan;
  • Reparar la ropa desgastada;
  • Guardar la comida que no se come para una segunda comida o cena;
  • Reusar los contenedores o bolsas que no hemos podido evitar de comprar;
  • Comprar productos a granel y de temporada;
  • Comprar en mercados y comercios de proximidad.

Además de todo esto, hay algunas sugerencias para el estilo de vida más urbano que estamos teniendo:

  • Utilizar pilas recargables;
  • Compartir el coche, usar la bici o ir andando;
  • Reducir el consumo de carne y sustituirla por legumbres locales.

Todas estas acciones y muchas más pueden comenzar a nivel individual en un proceso de concienciación, sin embargo se reconoce que el papel de las multinacionales en el maltrato ambiental es tal que para poder fomentar un cambio social es necesario que se pase a un nivel colectivo: uno de los retos más grandes es realizar estas acciones colectivamente para poder provocar un impacto real en la sociedad. Los mercados agroecológicos de productorxs se están esforzando de poner en práctica estas ideas, como por ejemplo el mercado de San Jerónimo, donde se realiza la venta directa de productos estacionales, pero también se comparten actividades lúdicas y de cuidado colectivo y es en este sentido que se destaca la participación de compañeras Ecofeministas implicadas.

Otro ejemplo de acción colectiva, esta vez desde el consumo crítico, es el intercambio de objetos para evitar comprar y por tanto consumir. En Sevilla por ejemplo, AFUS (Asamblea Feminista Unitaria de Sevilla) organizó un intercambio de ropa, considerando el enorme desgaste de agua y colorantes y la explotación laboral de la industria de la moda. Como se puede notar, estas iniciativas conllevan la recuperación de los aspectos relacionales y, en este sentido, la perspectiva ecofeminista aporta también en fomentar el debate sobre los cuidados mediante la reapropiación de espacios públicos y la reorganización de los cuidados colectivos en corresponsabilidad con los hombres.

Las iniciativas mencionadas son pequeños ejemplos que contribuyen a la movilización local, pero no son suficientes. La aportación ecofeminista evidencia la necesidad de denunciar la centralidad de la rentabilidad capitalista, poniendo en el centro la vida misma y las relaciones que crean una interdependencia entre humanos y otras especies, con el objetivo de construir alternativas capaces de ofrecer vidas dignas donde quepan todxs. Para provocar un cambio necesitamos seguir tejiendo redes y participar en masa, para que las iniciativas críticas semanales se conviertan de prácticas esporádicas de pocos privilegiadxs a prácticas diarias populares.

Giulia Costanzo Talarico
Doctorado en Medio Ambiente y Sociedad, Grupo de investigación EcoEcoFem, Universidad Pablo de Olavide